Google+ LA PERSONA DE CRISTO

EL DIOS QUE YO CONOZCO

3.01. El Plan de Salvación elaborado antes de la fundación del mundo y revelado en el Edén

"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Génesis 3: 15).

En este texto el Señor deja de dirigirse a la serpiente literal que habló a Eva, para pronunciar juicio sobre el diablo, la serpiente antigua. Este juicio, expresado en lenguaje profético, siempre ha sido entendido por la iglesia cristiana como una predicción de la venida del Libertador.

Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos. Mientras predecía la lucha entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario sería finalmente destruido. Adán y Eva estaban como criminales ante el justo Juez, y aguardaban la sentencia que merecía su transgresión; pero antes de oír hablar de la vida de trabajo y angustia que seria su destino, o del decreto que determinaba que volverían al polvo, escucharon palabras que no podían menos que infundirles esperanza. Aunque habrían de padecer por efecto del poder de su gran enemigo, podrían esperar una victoria final.

Pondré enemistad. Aunque esta interpretación es incuestionablemente correcta, puede señalarse que la profecía es también literalmente verdadera: hay una enemistad mortal entre la serpiente y el hombre doquiera se encuentran los dos.


Entre tu simiente y la simiente suya. Se hace referencia a la lucha secular entre la simiente de Satanás - sus seguidores - y la simiente de la mujer:

"Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira" (Juan 8: 44).

"¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor?" (Hechos 13: 10).

"Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios" (1 Juan 3: 7-10).

El Señor Jesucristo es llamado la "simiente" por antonomasia:

"Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento. También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono" (Apocalipsis 12: 1-5).

"Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa. Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador" (Gál. 3: 16-19).

Fue Jesucristo quien vino "para deshacer las obras del diablo" (1 Juan 3: 8).
"Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo" (Heb. 2:14).

Esta te herirá en la cabeza."Herirá, heb. "shuf". Esta palabra significa "aplastar" o "estar al acecho de alguien".

Es evidente que aplastar la cabeza es mucho más grave que aplastar el talón. Como represalia, la serpiente sólo ha podido herir el talón de la simiente de la mujer.

La "simiente" se expresa en singular, indicando que no es una multitud de descendientes de la mujer los que, en conjunto, se ocuparán de aplastar lacabeza de la serpiente, sino más bien que un solo individuo hará eso.

Estas observaciones muestran claramente que en este anuncio está condensada la relación del gran conflicto entre Cristo y Satanás, una batalla que comenzó en el cielo (Apoc. 12: 7-9), continuó en la tierra, donde Cristo otra vez derrotó a Satanás (Heb. 2: 14), y terminará finalmente con la destrucción del maligno al fin de los mil anos (Apoc. 20: 10).

Cristo no salió ileso de esta batalla. Las señales de los clavos en sus manos y pies y la cicatriz en su costado serán recordativos eternos de la fiera lucha en la cual la serpiente hirió a la simiente de la mujer:

"Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré" (Juan 20: 25)

"Y si alguien le pregunta: "¿Qué heridas son estas en tus manos?", él responderá: "Las recibí en casa de mis amigos" (Zacarias 13: 6 - RV 1995).

Este anuncio debe haber producido gran consuelo en los dos desfallecientes transgresores que estaban delante de Dios, de cuyos preceptos se habían apartado. Adán, virrey de Dios en la tierra mientras permaneciera leal, había cedido su autoridad a Satanás al transferir su lealtad de Dios a la serpiente.

Que Satanás comprendía plenamente sus usurpados "derechos" sobre esta tierra,obtenidos al ganar la sumisión de Adán, es claro por su afirmación ante Cristo en el monte de la tentación (Lucas 4: 5, 6).

Adán empezó a comprender la magnitud de su pérdida: de gobernante de este mundo se había convertido en esclavo de Satanás. Sin embargo, antes de oír el pronunciamiento de su propia sentencia, fue aplicado a su alma quebrantada el bálsamo sanador de la esperanza.

De ella, a quien había culpado por su caída, él debía esperar su liberación: la simiente prometida en quien habría poder para vencer al archienemigo de Dios y del hombre.

¡Cuán bondadoso fue Dios! La justicia divina requería castigo para el pecado, pero la misericordia divina ya había hallado una forma para redimir a la raza humana caída: por el sacrificio voluntario del Hijo de Dios:

"ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros" (1 Pedro 1: 20).

"conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor" (Efesios 3: 11).

"quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos" (2 Timoteo 1: 9).

"Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apocalipsis 13: 8).

Dios instituyó el ritual de los sacrificios para proporcionar al hombre una ayuda visual, a fin de que pudiera comprender algo del precio que se debía pagar para expiar su pecado.

El cordero inocente tenía que dar su sangre en lugar de la del hombre y su piel para cubrir la desnudez del pecador, a fin de que el hombre pudiera así recordar siempre por medio de los símbolos al Hijo de Dios, que tendría que entregar su vida para expiar la transgresión del hombre y cuya justicia sería lo único suficiente para cubrirlo.

No sabemos cuán clara fue la comprensión de Adán del plan de la redención, pero podemos estar seguros de que le fue revelado lo suficiente para asegurarle que el pecado no duraría para siempre, que de la simiente de la mujer nacería el Redentor, que sería recuperado el dominio perdido y que se restauraría la felicidad del Edén.

De principio a fin, el Evangelio de salvación es el tema de las Escrituras.

Los que están oprimidos por un sentimiento de pecado, recuerden que hay esperanza para ellos. La salvación de la raza humana siempre ha sido el propósito de los concilios del cielo.

El pacto de misericordia fue hecho antes de la fundación del mundo. Ha existido desde toda la eternidad, y es llamado el pacto eterno.

Tan ciertamente como nunca hubo un tiempo cuando Dios no existiera, así tampoco nunca hubo un momento cuando no fuera el deleite de la mente eterna el manifestar su gracia a la humanidad

3.00. La preexistencia de Cristo en el AT

Al mismo tiempo en que la Palavra de Dios habla de la humanidad de Cristo cuando vivió en la tierra, las Escrituras también hablan positivamente sobre el Cristo anterior a la encarnación:






2.08. En los días de la Reforma

La Reforma encontró que tanto la rama romana del cristianismo como la protestante estaban de acuerdo en lo fundamental en cuanto a lo que atañe a la Trinidad y a la naturaleza de Cristo.

El Credo Niceno y el Símbolo de Calcedonia resultaron, por lo general, aceptables para ambas.

Lutero enseñaba un intercambio mutuo de características entre las dos naturalezas, de modo que lo que era característico de cada una se convertía en común para ambas. La naturaleza divina se apropió de todo lo humano de Cristo, y la humanidad recibió lo que pertenecía a la naturaleza divina. Las iglesias reformadas destacaban la comunión de lo divino y lo humano en Cristo.

En la Reforma, dos pequeños grupos no concordaron con la posición nicena:

El primero fue el de los socinianos, que resucitaron la idea básica monarquiana de que es inconcebible una Trinidad divina. El unitarismo moderno perpetúa este concepto.

El segundo fue el de los arminianos que, en algunos respectos, adoptaron una posición similar a la de ciertos grupos anteriores, que el Hijo está subordinado al Padre. Esta posición se refleja en varias sectas cristianas de hoy día.

2.07. Monotelismo

Las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana, ¿son movidas por una voluntad que rige ambas naturalezas o por dos voluntades?

Los monotelitas consideraban como dominante a la voluntad divina, y a la voluntad humana como inmersa en ella.

En el Tercer Concilio de Constantinopla, en 680, la iglesia decidió que la voluntad es un asunto de las naturalezas y no de una persona, y se pronunció en favor de dos voluntades en una persona dotada de voluntad.

Así se completó la definición ortodoxa de la naturaleza y la persona de Cristo en lo que atañe a la iglesia occidental, y formalmente se dio fin a las prolongadas controversias trinitarias y
cristológicas.

Por el año 730, Juan Damasceno recapituló estas doctrinas para la iglesia oriental. Tanto para el Oriente como para el Occidente, las decisiones de los concilios llegaron a ser dogmas.

2.06. Monofisismo

Después del Concilio de Efeso surgió otra teoría conocida como monofisismo, o eutiquianismo, que se caracterizó por presentar un concepto de Cristo precisamente opuesto al de Nestorio.

Eutiques, su principal expositor, sostenía que la naturaleza humana original de Jesús se transformó en la naturaleza divina en la encarnación, con el resultado de que el Jesús humano y el Cristo divino llegaron a ser una persona y una naturaleza. Afirmaba la unidad de la autoconciencia, pero estaban fusionadas de tal manera las dos naturalezas que, en la práctica, perdían su identidad individual.

En 451 se reunió el Concilio de Calcedonia. Tenía el propósito de tratar el nestorianismo y el monofisismo, y condenó a ambos. Tanto Nestorio como Eutiques rechazaron la decisión del concilio, y fundaron sectas independientes del cristianismo así como lo había hecho Arrio más de un siglo antes.

El Concilio de Calcedonia afirmó la perfecta divinidad y la perfecta humanidad de Cristo, declarándolo de una misma sustancia con el Padre en cuanto a su naturaleza divina y consustancial con nosotros en cuanto a su naturaleza humana, pero sin pecado.

Se preservó la identidad de cada naturaleza y se declaró que las dos eran distintas, sin mezcla, inmutables, indivisibles, inseparables. Se reconoció a la divinidad, y no a la humanidad, como la base de la personalidad de Cristo. Debido a que la persona de Cristo es una unión de dos naturalezas, el sufrimiento del Dios-hombre fue verdaderamente infinito; sufrió en su naturaleza humana y no en su naturaleza divina, pero la pasión fue infinita debido a que la persona es infinita.

Lo que más tarde llegó a conocerse como el Símbolo de Calcedonia, reza en parte:

"Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado [Hebreos 4:15]; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y en estos últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de la María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis".

Como resultado del Concilio de Calcedonia se perpetuó e intensificó el cisma en el Oriente. Finalmente, el emperador Justiniano, convencido de que la seguridad del imperio requería una solución del problema, clausuró permanentemente las escuelas de Antioquía y Alejandría, los dos centros de controversia.

En el Segundo Concilio de Constantinopla, en 553, la iglesia decidió suprimir por la fuerza el monofisismo, el cual se convirtió en un cisma permanente y persistente hasta hoy día en sectas cristianas tales como los jacobitas, los coptos y los abisinios.

Confirmando el Símbolo de Calcedonia, la iglesia realizó una distinción definitiva entre la ortodoxia y la heterodoxia.

2.05. Nestorianismo

Después del Concilio de Constantinopla, la atención de la iglesia se volvió al así llamado aspecto cristológico del problema de la naturaleza y persona de Cristo. Se intentó definir la naturaleza del elemento divino y del elemento humano en Cristo, y declarar la relación entre los dos. ¿Cómo podían coexistir dos naturalezas personales en una persona?

Esta fase de la controversia se centró en dos escuelas opuestas, una en Alejandría y la otra en Antioquía de Siria.

Ambas reconocían la verdadera unidad de la divinidad y la humanidad en una única persona: Jesucristo. Pero la escuela de Alejandría hacía resaltar la unidad de las dos naturalezas y destacaba la importancia de la deidad, al paso que la escuela de Antioquía hacía resaltar la distinción entre las dos naturalezas y destacaba la importancia del aspecto humano.

Los adeptos de Antioquía sostenían que la divinidad y la humanidad se habían relacionado en una coexistencia constante y en una cooperación, sin fusionarse realmente. Separaban las dos naturalezas en la persona de Cristo, declarando que no hubo una unión completa sino sólo una asociación permanente. Hacían una distinción radical entre Cristo como el Hijo de Dios y Cristo como el Hijo del hombre, y reconocían en forma más clara la naturaleza humana. Concebían la unidad de las dos naturalezas como si se hubiera realizado mediante la unidad de las voluntades respectivas. Preservaban la realidad y la integridad de la naturaleza humana de Cristo, pero ponían en peligro la unidad de la persona. Era una unión imperfecta, incompleta, indefinida y mecánica, en la cual las dos naturalezas no estaban realmente unidas en una sola persona dotada de conciencia.

Por otra parte, los alejandrinos concebían una compenetración milagrosa y completa de las dos naturalezas, habiéndose fusionado la humana con la divina y habiéndose subordinado aquélla a ésta. De esa manera, Dios entró en la humanidad, y por medio de esa unión de la Deidad y de la naturaleza humana se hizo posible que Cristo llevara a la humanidad de nuevo a Dios.

El choque de las dos escuelas llegó a su clímax en la controversia nestoriana, a principios del siglo V. Nestorio de Antioquía aceptaba la verdadera divinidad y la verdadera humanidad, pero negaba su unión en una sola persona autoconsciente. El Cristo de los nestorianos es en realidad dos personas que disfrutan de una unión moral afín. Sin embargo, ninguna de ellas está decisivamente influida por la otra. La Deidad no se humilla; la humanidad no se ensalza. Hay un Dios y hay un hombre, pero no hay un Dios-hombre.

El tercer concilio ecuménico de la iglesia se reunió en Efeso, en 431, con el propósito de decidir la controversia existente entre las escuelas de Antioquía y Alejandría.

El concilio condenó a Nestorio y sus enseñanzas, pero no consideró necesario redactar un nuevo credo que reemplazara al Credo Niceno. En realidad, nada se decidió ni realizó, excepto ampliar la brecha, y la controversia resultante tomó tales proporciones que se pusieron a un lado todos los otros problemas doctrinales.

2.04. Arrianismo

A comienzos del siglo IV Arrio, un presbítero de la Iglesia de Alejandría, aceptó la teoría de Orígenes en cuanto al Logos, con la excepción de que no reconoció ninguna sustancia intermedia entre Dios y los seres creados.

Dedujo que el Hijo no es divino en ningún sentido de la palabra sino estrictamente una criatura, aunque la más excelsa y primera de todas, y que por lo tanto "hubo [un tiempo] cuando no existía".

Enseñaba que sólo hay un ser - el Padre - a quien se le puede atribuir una existencia atemporal, que el Padre creó al Hijo de la nada y que antes de haber sido engendrado por un acto de la
voluntad del Padre, el Hijo no existía.

Para Arrio, Cristo tampoco era verdaderamente humano porque no tenía un alma humana, ni era verdaderamente divino, porque le faltaba la esencia y los atributos de Dios. Sencillamente era el más excelso de todos los seres creados. El ser humano, Jesús, fue elegido para ser el Cristo en virtud de su triunfo, que Dios conocía mediante su presciencia.

En el Primer Concilio de Nicea, reunido en 325 d. C. para resolver la controversia arriana, Atanasio se presentó como "el padre de la ortodoxia", sosteniendo que Cristo siempre existió y que no provino de la nada previa sino que era de la misma esencia del Padre.

Aplicando a Cristo el término ὁμοούσιος [homoousios], "una sustancia" ("misma sustancia"), el concilio afirmó su creencia de que él es de la única y misma esencia como el Padre.

ὁμοούσιος [homoousios], no podría haberse entendido de otra forma.
El concilio anatematizó al arrianismo y al sabelianismo como las dos principales desviaciones de la verdad exacta, y declaró que no negaba la unidad de la Deidad cuando defendía la Trinidad, ni negaba la Trinidad cuando defendía la unidad.

Por eso el Credo Niceno afirma que el Hijo es "engendrado del Padre, [... ], de la sustancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consustancial al Padre". Este credo se convirtió en la prueba crucial de la ortodoxia trinitaria.

Los arrianos rechazaron la decisión del concilio, recurrieron al cisma y durante varios siglos el arrianismo demostró ser el enemigo más formidable de la Iglesia Católica Romana.
Después del Primer Concilio de Nicea, un grupo, a veces llamado de semiarrianos, también hostigó a la iglesia. Su palabra clave era ὁμοιούσιος [homoiousios] , con la cual describía al Hijo como de una "sustancia parecida" a la del Padre, en contraste con ὁμοούσιος [homoousios] del Credo Niceno.
Apolinar y Marcelo se destacaron entre los opositores a la ortodoxia después del Concilio de Nicea. Ambos afirmaban la verdadera unidad de lo divino y lo humano en Cristo, pero negaban su verdadera humanidad, afirmando que la voluntad divina hizo de la naturaleza humana de Jesús un instrumento pasivo.
Estos diversos problemas resultaron en otro concilio, celebrado en Constantinopla en 381. Este concilio reafirmó el Credo Niceno, aclaró su significado, y declaró la presencia de las dos verdaderas naturalezas en Cristo.

2.03. Monarquianismo

Como el nombre lo indica, el monarquianismo hacía resaltar la unidad de la Deidad. (Literalmente, un "monarca" es un "gobernante único".)

En efecto, fue una reacción contra los muchos dioses de los gnósticos y los dos dioses de Marción: el Dios del AT, a quien consideraban como un Dios malo, y Cristo, un Dios de amor. Como sucede con tanta frecuencia con los movimientos reaccionarios, se fue al extremo opuesto, y, como resultado, se convirtió en una herejía que la iglesia más tarde creyó necesario condenar.

La tendencia que caracterizaba al monarquianismo pudo haber servido en gran medida para eliminar de la iglesia las enseñanzas gnósticas, pero el remedio hizo casi tanto mal como la enfermedad que pretendía remediar.

La lucha contra el monarquianismo comenzó hacia fines del siglo II y continuó hasta bien entrado el III.

Hubo dos clases de monarquianos: los dinamistas (término que proviene de una palabra griega que significa "poder"), que enseñaban que un poder divino animaba el cuerpo humano de Jesús - suponían que Jesús no tenía divinidad propia en sí mismo y le faltaba un alma realmente humana -, y los modalistas, que concebían un Dios que se había revelado en diferentes formas.

A fin de mantener la unidad de la Deidad, los dinamistas negaban de plano la divinidad de Cristo, a quien consideraban como un mero hombre elegido por Dios para ser el Mesías y que había sido elevado hasta un nivel de deidad. De acuerdo con el adopcionismo - una variante de esta teoría - el hombre Jesús logró la perfección y fue adoptado como el Hijo de Dios en ocasión de su bautismo.

Los modalistas enseñaban que un Dios se había revelado en formas diferentes. Negando diferencia alguna de personalidad, abandonaron completamente la creencia en un Dios trino y uno por naturaleza. Aceptaban la verdadera divinidad tanto del Padre como del Hijo, pero se apresuraban a explicar que ambas sólo eran diferentes designaciones para el mismo ser divino.

Esta posición a veces es llamada patripasianismo porque suponía que el Padre llegó a ser el Hijo en la encarnación y, por lo tanto, sufrió y murió como el Cristo. De la misma manera, en la resurrección el Hijo llegó a ser el Espíritu Santo. Esta teoría también es llamada sabelianismo debido a que su más famoso exponente fue Sabelio. Los sabelianos sostenían que los nombres de la Trinidad eran meras designaciones mediante las cuales la misma persona divina realizaba diversas funciones cósmicas. Sostenían que antes de la encarnación ese ser divino fue el Padre; en la encarnación el Padre se convirtió en el Hijo; y en la resurrección el Hijo llegó a ser el Espíritu Santo.

A comienzos del siglo III, Tertuliano refutó el monarquianismo modalista, haciendo resaltar tanto la personalidad del Hijo de Dios como la unidad de la Deidad. Sin embargo, pensaba que Cristo era Dios en un sentido subordinado. Esta teoría se conoce como subordinacionismo.

A mediados del siglo III, Orígenes propuso la teoría de la generación eterna. Según ella, sólo el Padre es Dios en el sentido más excelso. El Hijo es coeterno con el Padre, pero es "Dios" sólo en un sentido derivado. Orígenes creía, que el alma de Cristo -como todas las almas humanas, según su concepto equivocado - preexistió pero fue diferente de todas las otras por ser pura y no haber caído. El Logos, o Verbo divino, creció en indisoluble unión con el alma humana de Jesús.

Distinguiendo entre theós (Dios) y ho theós (el Dios) de Juan 1: 1, Orígenes llegó a la conclusión de que el Hijo no es Dios en un sentido primitivo y absoluto, sino "Dios" sólo en virtud de haber recibido un grado secundario de divinidad que podría llamarse theós, pero no ho theós. Quedaría, pues, Cristo a la mitad del camino entre las cosas creadas y las que no lo son.

Orígenes puede ser llamado el padre del arrianismo.

2.02. Docetismo y gnosticismo

El primer error de la naturaleza y la persona de Cristo generalmente se conoce como docetismo. Este nombre proviene de una palabra griega (δοκέω dokeô) que significa "parecer". El docetismo asumió diversas formas, pero su idea básica era que Cristo sólo parecía tener un cuerpo, que era un fantasma y no un hombre en lo más mínimo. El Verbo se hizo carne sólo en apariencia. Esta herejía surgió en tiempos apostólicos y persistió hasta muy cerca del fin del siglo II.

El docetismo caracterizaba a grupos tales como los ebionitas y los gnósticos. Los primeros eran judíos cristianos que se aferraban estrictamente a los ritos y a las prácticas del judaísmo. Los segundos eran principalmente cristianos gentiles. El gnosticismo fue poco más que una mezcla de varias filosofías paganas ocultas bajo el disfraz de una terminología cristiana.

Una antigua y posiblemente auténtica tradición identifica a Simón el Mago (ver Hech. 8:9-24) como el que primero inició el error acerca de la naturaleza y la persona de Cristo y como el primer gnóstico cristiano.

Unos pocos años más tarde, surgió en Alejandría un cristiano llamado Cerinto. Este es clasificado por algunos como ebionita y por otros como gnóstico. Negaba que Cristo hubiera venido en carne, y sostenía que su supuesta encarnación sólo fue aparente y no real.

Los ebionitas no eran gnósticos, pero sostenían puntos de vista similares acerca de la humanidad de Cristo. Consideraban que Cristo era hijo literal de José, pero elegido por Dios como el Mesías debido a que se distinguió por su piedad y observancia de la ley, y que fue adoptado como el Hijo de Dios en ocasión de su bautismo. Un grupo de ebionitas, los elkesaitas, enseñaban que Cristo había sido literalmente "engendrado" por el Padre en siglos pasados, y que por lo tanto era inferior a él.

En contraste con los ebionitas, que consideraban a Cristo como esencialmente un tipo de ser humano superior, los gnósticos - en términos generales - negaban que fuera un ser humano. Concebían a Cristo como un fantasma, o "eón" (inteligencia eterna emanada de la divinidad suprema, según las enseñanzas gnósticas), que transitoriamente tomó posesión de Jesús, que para ellos era un ser humano común. La divinidad no se había encarnado realmente.

Acerca del tremendo impacto del gnosticismo sobre el cristianismo, el historiador eclesiástico Latourette sugiere la posibilidad de que "por un tiempo la mayoría de los que se consideraban a sí mismos como cristianos se adhirieron a una u otra de sus muchas formas" (A History of Christianity, p. 123). Después de surgir gradualmente en los tiempos apostólicos, el gnosticismo ejerció su máxima influencia sobre la iglesia en el siglo II. Reconociendo la grave amenaza que significaba el gnosticismo, la iglesia lo combatió heroicamente.

Ireneo, que vivió durante la segunda mitad del siglo II, hace resaltar que Juan escribió su Evangelio con el propósito específico de refutar los puntos de vista docetistas de Cerinto (Ireneo, Contra herejías xi. 1; ver Juan 1:1-3, 14; 20:30-31).

En las epístolas, Juan aún más claramente advierte contra la herejía del docetismo, a cuyos paladines los tilda como "anticristo" (1 Juan 2:18-26; 4: 1-3, 9, 14; 2 Juan 7, 10).

Durante su primer encarcelamiento en Roma (c. 62 d. C.), Pablo prevenía a los creyentes de Colosas contra el error del docetismo (Col. 2: 4, 8-9, 18), y más o menos por el mismo tiempo Pedro proclama una advertencia aun más vigorosa (2 Ped. 2: 1-3). Judas (vers. 4) se refiere a la herejía del docetismo. Los "nicolaítas" de Apoc. 2:6 eran gnósticos, aunque no necesariamente docetistas (Ireneo, Contra herejías xi.1).

Durante la primera mitad del siglo II surgieron varios maestros gnósticos que infestaron la iglesia con sus nocivas herejías. Sobresalieron entre ellos Basílides y Valentín, ambos de Alejandría.

Pero quizá el más influyente paladín de las ideas del docetismo - y el de más éxito - fue Marción, durante la segunda mitad del mismo siglo. De ninguna manera era gnóstico, pero sus opiniones en cuanto a Cristo se parecían muchísimo a las de los gnósticos. Sostenía que el nacimiento, la vida física y la muerte de Jesús no fueron reales, sino que meramente dieron la apariencia de realidad.

La iglesia luchó valientemente contra los crasos errores del docetismo. Durante la segunda mitad del siglo II, Ireneo se destacó osadamente como el gran paladín de la ortodoxia contra la herejía. Su obra de polémica Contra herejías, específicamente contra la herejía gnóstica, ha sobrevivido hasta el día de hoy. Ireneo puso énfasis en la unidad de Dios.

2.01. Desde el origen de la Iglesia hasta Nicea (325 AD)

La creencia de la iglesia apostólica referente a Jesús está bien resumida en la afirmación de Pedro de que Jesús es "el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mat. 16:16), y en la sencilla declaración de fe citada por Pablo: "Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12: 3).

Jesús Señor [Gr. κυριος kurios, equivalente aquí al Heb. Yahweh.

Los cristianos primitivos creían que Jesús era Dios en el más excelso sentido de la palabra, y hacían de esta creencia la piedra angular de su fe ("Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Mat. 16:18).

Ni "carne ni sangre" podían revelar o explicar esta verdad; debía ser aceptada por fe (Mat. 16: 17).

Esta certeza implícita de la iglesia primitiva acerca de la naturaleza divino-humana de Cristo (que implicaba en la creencia en un Dios trino) se fundaba en las enseñanzas explícitas de Jesús y los apóstoles.

Sin embargo, no pasaron muchos años desde que Cristo había ascendido al cielo, cuando "lobos rapaces" comenzaron a asolar el rebaño, y dentro de la iglesia misma se levantaron hombres que hablaban "cosas perversas" y arrastraron discípulos tras sí (Hech. 20: 29-30).

En este periodo encontramos dos grupos:

1) De origen judío, enfatizaban la humanidad de Jesús en detrimento de su divinidad.
2) De origen grego, enfatizaban la divinidad de Jesús en detrimento de su humanidad.

2.00. Inicio de las Controversias (Trinitaria y Cristológica)

"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho... Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:1-3, 14)

La fe cristiana tiene su fuente, su centro y su certeza en el Cristo histórico del NT.

Tal como se presenta en Juan 1:1-3, 14, e invariablemente se afirma en todo el NT, Cristo es:
(1) Dios en el sentido absoluto y pleno de la palabra.
(2) Verdaderamente hombre en todo respecto.
(3) Sin pecado.
(4) Digno de ser adorado y glorificado.

En la encarnación, la deidad y la humanidad se unieron inseparablemente en la persona de Jesucristo, el Dios-hombre sin igual.

Pero las Escrituras también declaran que "Jehová nuestro Dios, Jehová uno es" (Deut. 6:4; Mar. 12:29).

El legado de verdad que heredó la iglesia cristiana incluía, pues, la paradoja de un monoteísmo trino y uno y el misterio de un Dios encarnado. Ambos conceptos van más allá del entendimiento limitado y no permiten el análisis final ni la definición absoluta.

Para los fervientes cristianos de los días apostólicos, el hecho dinámico de un Señor crucificado, resucitado y viviente, a quien muchos de ellos habían visto y oído (Juan 1:14; 2 Ped. 1:16; 1 Juan 1:1-3), relegaba a un plano de menor importancia los problemas teológicos de la naturaleza de Cristo. La iglesia cristiana primitiva no tomó tiempo para desarrollar o explicar estos conceptos.

Sin embargo, cuando pasó esa generación (ver Apoc. 2:4; cf. Jos. 24: 31), la visión de un Señor viviente se oscureció y palidecieron la pureza y la devoción prístinas; los hombres se apartaron cada vez más de las realidades prácticas del Evangelio y se ocuparon de sus complicados aspectos teóricos, con la ilusión de que escudriñando con los intrincados razonamientos de la filosofía quizá podrían descubrir a Dios.

"¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? (Job 11:7).

"¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" (Rom. 11:33).

Era necesário explicar las aparentes contradicciones. Surgieron los "conflictos (o controversias) cristológicos".

Entre las diversas herejías que surgieron para turbar a la iglesia, las más graves fueron las que
atañían a la naturaleza y persona de Cristo. Durante siglos la iglesia fue sacudida por los conflictos suscitados por estos problemas, que dejaron una larga estela de herejías, concilios y cismas.

Para cualquiera, con excepción de los estudiantes de historia eclesiástica, un estudio detallado de esta controversia puede parecer desprovisto de interés y de valor práctico. Pero hoy día, no menos que en los tiempos apostólicos, la certeza de la fe cristiana se centra en el Cristo histórico del NT.

También es un hecho que, de una manera u otra, varias herejías antiguas han sobrevivido o han revivido.

Mediante un repaso del decurso de esa controversia de los primeros días, los cristianos modernos pueden aprender a reconocer - para estar vigilantes contra ellos - los mismos errores que perturbaron a sus consagrados hermanos en siglos pasados:

"Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32).

"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo" (1 Juan 4:1).

"El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta" (Juan 7:17).

Generalmente las dos principales fases de este prolongado debate se conocen como las controversias trinitaria y cristológica.

La controversia trinitaria se ocupó de la condición de Cristo como Dios y se centralizó en las luchas de la iglesia con el docetismo, el monarquianismo y el arrianismo, desde el siglo I hasta el siglo IV.

La controversia cristológica se ocupó de la relación intrínseca entre la naturaleza divina y la naturaleza humana de Cristo y se centralizó en sus luchas con el nestorianismo, el monofisismo y el monotelismo, desde el siglo V hasta el VII.

1.08. Revelación x Especulación

Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. (1 Cor. 2:6-11).

La revelación es una iniciativa y un acto exclusivo de Dios. Los seres humanos tenemos el privilegio de escoger servir a un Dios que decidió revelarse a nosotros, pero no tenemos absolutamente ninguna participación en la revelación.

La revelación no es creación o invención de algo nuevo, sino la manifestación de lo que era antes de ser dado a conocer, lo cual escapaba al conocimiento de los seres humanos. "Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre" (Deut. 29:29).

La Biblia estaba destinada a ser una guia para todos aquellos que deseasen conocer la voluntad de su Creador. Dios dio a los hombres la firme palabra profética; ángeles, y hasta el mismo Cristo, vinieron para dar a conocer a Daniel y a Juan las cosas que deben acontecer en breve.

Las cosas importantes que conciernen a nuestra salvación no quedaron envueltas en el misterio. No fueron reveladas de manera que confundan y extravíen al que busca sinceramente la verdad. La Palabra de Dios es clara para todos aquellos que la estudian con espíritu de oración. Toda alma verdaderamente sincera alcanzará la luz de la verdad. "Luz está sembrada para el justo." (Salmo 97:11.) Y ninguna iglesia puede progresar en santidad si sus miembros no buscan ardientemente la verdad como si fuera un tesoro escondido.

Los alardes de "liberalidad" ciegan a los hombres para que no vean las asechanzas de su adversario, mientras que éste sigue trabajando sin cesar y sin cansarse hasta cumplir sus designios. Conforme va consiguiendo suplantar la Biblia por las especulaciones humanas, la ley de Dios va quedando a un lado, y las iglesias caen en la esclavitud del pecado, mientras pretenden ser libres.

Para muchos, las investigaciones científicas se han vuelto maldición. Al permitir todo género de descubrimientos en las ciencias y en las artes, Dios ha derramado sobre el mundo raudales de luz; pero aun los espíritus más poderosos, si no son guiados en sus investigaciones por la Palabra de Dios, se extravían en sus esfuerzos por encontrar las relaciones existentes entre la ciencia y la revelación.

Los conocimientos humanos, tanto en lo que se refiere a las cosas materiales como a las espirituales, son limitados e imperfectos; de aquí que muchos sean incapaces de hacer armonizar sus nociones científicas con las declaraciones de las Sagradas Escrituras. Son muchos los que dan por hechos científicos lo que no pasa de ser meras teorías y elucubraciones, y piensan que la Palabra de Dios debe ser probada por las enseñanzas de "la falsamente llamada ciencia." (1 Timoteo 6:20.) El Creador y sus obras les resultan incomprensibles; y como no pueden explicarlos por las leyes naturales, consideran la historia bíblica como sí no mereciese fe.

Los que dudan de la verdad de las narraciones del Antiguo Testamento y del Nuevo, dan a menudo un paso más y dudan de la existencia de Dios y atribuye poder infinito a la naturaleza. Habiendo perdido su ancla son arrastrados hacia las rocas de la incredulidad.

Es así como muchos se alejan de la fe y son seducidos por el diablo. Los hombres procuraron hacerse más sabios que su Creador; la filosofía intentó sondear y explicar misterios que no serán jamás revelados en el curso infinito de las edades. Si los hombres se limitasen a escudriñar y comprender tan sólo que Dios les ha revelado respecto de si mismo y de sus propósitos, llegarían a tal concepto de la gloria, majestad y poder de Jehová, que se darían cuenta de su propia pequeñez y contentarían con lo que fue revelado para ellos y sus hijos.

Una de las seducciones magistrales de Satanás consiste en mantener a los espíritus de los hombres investigando y haciendo conjeturas sobre las cosas que Dios no ha dado a conocer y que no quiere que entendamos.

Así fue como Lucifer perdió su puesto en el cielo. Se indispuso porque no le fueron revelados todos los secretos de los designios de Dios, y no se fijó en lo que le había sido revelado respecto a su propia obra y al elevado puesto que le había sido asignado. Al provocar el mismo descontento entre los ángeles que estaban bajo sus órdenes, causó la caída de ellos. En nuestros días trata de llenar las mentes de los hombres con el mismo espíritu y de inducirlos además a despreciar los mandamientos directos de Dios.

Los que no quieren aceptar las verdades claras y contundentes de la Biblia están siempre buscando fábulas agradables que tranquilicen la conciencia. Mientras menos apelen a espiritualidad, a la abnegación y a la humildad las doctrinas presentadas, mayor es la aceptación de que gozan. Esas personas degradan sus facultades intelectuales para servir sus deseos carnales. Demasiado sabias en su propia opinión par escudriñar las Santas Escrituras con contrición y pidiendo ardientemente a Dios que las guíe, no tienen escudo contra el error.

Satanás está listo para satisfacer los deseos de sus corazones y poner las seducciones en lugar de la verdad. Fue así como el papado estableció su poder sobre los hombres; y al rechazar la verdad porque entraña una cruz, los protestantes siguen el mismo camino. Todos aquellos que descuiden la Palabra de Dios para procurar su comodidad y conveniencia, a fin de no estar en desacuerdo con el mundo, serán abandonados a su propia suerte y aceptarán herejías condenables que considerarán como verdad religiosa.


Los que rechacen voluntariamente la verdad concluirán por aceptar todos los errores imaginables; y alguno que mire con horror cierto engaño aceptará gustosamente otro.

El apóstol Pablo, hablando de una clase de hombres que "no recibieron el amor de la verdad para ser salvos," declara: "Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira; a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia." (2 Tesalonicenses 2:10-12).

En vista de semejante advertencia nos incumbe ponernos en guardia con respecto a las doctrinas que recibimos. "Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre" (Deut. 29:29).

1.07. Misterio

"E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en carne,
Justificado en el Espíritu,
Visto de los ángeles,
Predicado a los gentiles,
Creído en el mundo,
Recibido arriba en gloria". 1 Tim. 3:16.

καὶ ὁμολογουμένως μέγα ἐστὶν τὸ τῆς εὐσεβείας μυστήριον· Θεὸς ἐφανερώθη ἐν σαρκί ἐδικαιώθη ἐν πνεύματι ὤφθη ἀγγέλοις ἐκηρύχθη ἐν ἔθνεσιν ἐπιστεύθη ἐν κόσμῳ ἀνελήφθη ἐν δόξῃ

μυστήριον [mustêrion], en el griego clásico significa "cosa oculta", "secreto". Se relaciona con μυστης mustês, "iniciado en los misterios". La flexión verbal μυεω mueô significa "iniciar", y se relaciona con μυω muô, "cerrar, especialmente ojos y boca”.

μυστηριον [mustêrion] entre los paganos significaba secretos o doctrinas secretas que sólo debían ser dadas a conocer a los que habían sido especialmente iniciados. Era el término técnico para las celebraciones y los ritos secretos, y también para los elementos simbólicos y los ornamentos que usaban en esas ceremonias religiosas.

La palabra "misterio", como la usaban originalmente los cristianos, no significaba algo que no podia ser entendido sino algo que solo podian entenderlo "los iniciados", es decir, los que tenian el derecho de saber. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos que les era "dado saber los misterios del reino de los cielos" (Mat. 13:11), pero no a las multitudes.

En el NT μυστηριον [mustêrion] se refiere a algo que Dios desea hacer conocer a aquellos que están dispuestos a recibir su revelación, y no a algo que El desea mantener en secreto.

En los escritos de Pablo μυστηριον [mustêrion] tiene el significado de algo que, aunque no se puede entender plenamente sólo mediante la razón, ahora ha sido dado a conocer por medio de la revelación divina.

"Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe" (Rom. 16:25, 26)

"Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria" (1 Cor 2:7).

"que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo" (Efe. 3:3-4).

Pablo consideraba que tenía la misión de hacer conocer el misterio "que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos" (el plan de salvación - Rom. 16:25; cf. 1 Cor. 2:7, Efe. 3:3-4).

El propósito eterno de Dios de redimir al hombre en Cristo ahora ha sido declarado en el cristianismo.

De ese modo Pablo describe toda la revelación cristiana como un misterio (Rom. 16:25; 1 Cor. 2: 7-10; Efe. 1: 9; 6: 19; Col. 1: 26; 2: 2; 1 Tim. 3: 9).

Aplica el término:
(1) a la encarnación de Cristo (1 Tim. 3:16),

(2) a la unión de Cristo con su iglesia simbolizada mediante el casamiento (Efe. 5: 32),

(3) a la transformación de los santos cuando Cristo venga por segunda vez (1 Cor. 15: 51),

(4) a la oposición del anticristo (2 Tes. 2: 7) y, especialmente,

(5) a la admisión de los gentiles en el reino de Cristo (Rom. 16:25-26; Efe. 3: 1-6; Col. 1: 26-27).

(En Apoc. 1:20; 17:5, 7 se refiere a un símbolo que debe ser interpretado para que pueda ser bien comprendido).

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” (Rom. 11:25). (El misterio que Pablo está declarando aqui es el propósito de Dios de salvar en su reino tanto a los judíos como a los gentiles. El endurecimiento de Israel será usado de alguna manera y en una forma que está más allá de la comprensión humana (Rom. 11:33), para dar lugar a la culminación de ese plan divino.

1.06. Y serán todos enseñados de Dios

“Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”. Juan 6:45.

Y serán todos enseñados de Dios

Esta cita está tomada de Isaias 54:13 “Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos”. Pero no sigue exactamente ni el texto hebreo ni a la LXX. En Juan 6:45 provablemente fue adaptada para que concordara con el contexto.

Hijos

Esta palabra se emplea comúnmente en hebreo para referirse a la descendencia, sin tener en cuenta la edad. Abarca a niños y mayores. Aquí se refiere a todos los judíos, como "hijos" de su madre Jerusalén.

Enseñados por Jehová

Hasta ese momento, debido a su extravío, los judíos habían rechazado la instrucción de Jehová:

“Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos [la relación entre Dios y su pueblo ha sido la de un padre con su hijo. Todo lo que un padre puede hacer en favor de su hijo, Dios lo ha hecho en favor de su pueblo. Por haber sido objeto de este cuidado paternal, el pueblo de Dios debería haber aceptado las responsabilidades filiales juntamente con sus privilegios], y los engrandecí, y ellos se rebelaron [rehusaron someterse a la autoridad de su Padre celestial y no hicieron caso de lo que él requería de ellos] contra mí”. Isaias 1:2.

En adelante, después de la restauración, estarían dispuestos a ser enseñados de Dios.

Paz

El bienestar completo, tanto del corazón, la mente, el cuerpo, como de la relación con los demás.

Los antiguos intérpretes judíos entendían este pasaje de Isaías como una profecía de la obra de Dios en el día cuando viniera el Mesías. La aplicaban a si mismos. Se jactaban de que Dios era su maestro. Pero Jesús demostró cuán vano era este aserto; porque dijo: "Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió de él, viene a mí."

Únicamente por Cristo podían ellos recibir un conocimiento del Padre. La humanidad no podía soportar la visión de su gloria. Los que habían aprendido de Dios habían estado escuchando la voz del Hijo, y en Jesús de Nazaret iban a reconocer a Aquel a quien el Padre había declarado por la naturaleza y la revelación. “Pero hay algunos de vosotros que no creen... Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.” Juan 6:64, 65.

El hecho de que Pedro discernía la gloria de Dios era evidencia de que se contaba entre los que habían sido "enseñados de Dios”.

1.05. Escrito está en los profetas

Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí” (Juan 6:45).

En los profetas

Se refiere a la sección profética de la Biblia hebrea. [El Antiguo Testamento hebreo consistía en 24 libros, que eran divididos en las siguientes tres divisiones principales:

1. La ley (torah) que contiene los cinco libros de Moisés, o Pentateuco.

2. Los profetas (nebi'im) subdivididos en:

a) Cuatro "anteriores", Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel y 1 y 2 Reyes, y

b) Cuatro "posteriores", Isaías, Jeremías, Ezequiel y los doce profetas menores en un solo libro.

3. Los escritos (ketubim), constituidos por los once libros restantes, de los cuales Esdras, Nehemías y 1 y 2 de Crónicas forman cada uno un solo libro.

La triple división del Antiguo Testamento hebreo en el tiempo de Cristo es confirmada por sus propias palabras:

“Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en [1] la ley de Moisés, y en [2] los profetas, y en [3] los salmos (el primer libro de la tercera división)”. Lucas 24:44.

1.04. No te lo reveló carne ni sangre

“Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Y entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos" (Mateo 16:16, 17).

La verdad que Pedro había confesado es el fundamento de la fe del creyente. Es lo que Cristo mismo ha declarado ser vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Juan 17:3.

Pero la posesión de este conocimiento no era motivo de engreimiento. No era por ninguna sabiduría o bondad propia de Pedro por lo que le había sido revelada esa verdad.

Nunca puede la humanidad de por sí alcanzar un conocimiento de lo divino: “Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás?” (Job 11:8).

Únicamente el espíritu de adopción puede revelarnos las cosas profundas de Dios: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”.(1 Cor. 2:9, 10). “El secreto de Jehová es para los que le temen; Y a ellos hará conocer su alianza” (Sal. 25:14); y el hecho de que Pedro discernía la gloria de Dios era evidencia de que se contaba entre los que habían sido "enseñados de Dios" (João 6:45).

¡Ah! en verdad, “bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre".

1.03. Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

"El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mat. 16:15, 16).

Esta pregunta estaba relacionada con los discípulos mismos. Desde el principio, Pedro había creído que Jesús era el Mesías.

Muchos otros que habían sido convencidos por la predicación de Juan el Bautista y que habían aceptado a Cristo, empezaron a dudar en cuanto a la misión de Juan cuando fue encarcelado y ejecutado; y ahora dudaban que Jesús fuese el Mesías a quien habían esperado tanto tiempo.

Muchos de los discípulos que habían esperado ardientemente que Jesús ocupase el trono de David, le dejaron cuando percibieron que no tenía tal intención. Pero Pedro y sus compañeros no se desviaron de su fidelidad. El curso vacilante de aquellos que ayer le alababan y hoy le condenaban no destruyó la fe del verdadero seguidor del Salvador. "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente."

El no esperó que los honores regios coronasen a su Señor, sino que le aceptó en su humillación. El había expresado la fe de los doce. Sin embargo, los discípulos distaban mucho de comprender la misión de Cristo. La oposición y las mentiras de los sacerdotes y gobernantes, aun cuando no podían apartarlos de Cristo, les causaban gran perplejidad. Ellos no veían claramente el camino.

La influencia de su primera educación, la enseñanza de los rabinos, el poder de la tradición, seguían interceptando su visión de la verdad. De vez en cuando resplandecían sobre ellos los preciosos rayos de luz de Jesús; mas con frecuencia eran como hombres que andaban a tientas en medio de las sombras.

Pero en ese día, antes que fuesen puestos frente a frente con la gran prueba de su fe, el Espíritu Santo descansó sobre ellos con poder. Por un corto tiempo sus ojos fueron apartados de "las cosas que se ven" para contemplar "las que no se ven". 2 Cor. 4:18. Bajo el disfraz de la humanidad, discernieron la gloria del Hijo de Dios.

Jesús contestó a Pedro: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos."

1.02. ¿Quién dice la gente que soy yo?

Mateo 16:13-17; Marcos 8:27-29; Lucas 9:18-20.
La obra de Cristo en la tierra se acercaba rápidamente a su fin. Delante de él, en vívido relieve, se hallaban las escenas hacia las cuales sus pies le llevaban. Aun antes de asumir la humanidad, vio toda la senda que debía recorrer a fin de salvar lo que se había perdido.

Cada angustia, cada insulto, cada privación que estaba llamado a soportar, fueron presentados a su vista antes que pusiera a un lado su corona y manto reales y bajara del trono para revestir su divinidad con la humanidad. La senda del pesebre hasta el Calvario estuvo toda delante de sus ojos y sin embargo dijo: "He aquí yo vengo; (en el rollo del libro esta escrito de mi); me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.' (Sal. 40:7 e 8).

Jesús tuvo siempre presente el resultado de su misión. Su vida terrenal, tan llena de trabajo y abnegación, fue alegrada por la perspectiva de que no soportaría todas esas penurias en vano. Dando su vida por la de los hombres, haría volver el mundo a su lealtad a Dios. Aunque primero debía recibir el bautismo de sangre; aunque los pecados del mundo iban a abrumar su alma inocente; aunque la sombra de una desgracia indecible pesaba sobre él; por el gozo que le fue propuesto, decidió soportar la cruz y menospreció el oprobio.

Pero las escenas que le esperaban estaban todavía ocultas para sus discípulos; no obstante se acercaba el tiempo en que deberían contemplar su agonía. Deberían ver a Aquel a quien amaban y en quien confiaban entregado a sus enemigos y colgado de la cruz del Calvario. Pronto tendría que dejar que afrontaran el mundo sin el consuelo de su presencia visible. El sabía cómo los perseguirían el odio acérrimo y la incredulidad, y deseaba prepararlos para sus pruebas.
Jesús y sus discípulos habían llegado a uno de los pueblos que rodeaban a Cesarea de Filipos. Estaban fuera de los límites de Galilea, en una región donde prevalecía la idolatría. Allí se encontraban los discípulos apartados de la influencia predominante del judaísmo y relacionados más íntimamente con el culto pagano. En derredor de sí, veían representadas las formas de la superstición que existían en todas partes del mundo.

Jesús deseaba que la contemplación de estas cosas los indujese a sentir su responsabilidad hacia los paganos. Durante su estada en dicha región, trató de substraerse a la tarea de enseñar a la gente, a fin de dedicarse más plenamente a sus discípulos.

Iba a hablarles de los sufrimientos que le aguardaban. Pero primero se apartó solo y rogó a Dios que sus corazones fuesen preparados para recibir sus palabras. Al reunírseles, no les comunicó en seguida lo que deseaba impartirles. Antes de hacerlo, les dio una oportunidad de confesar su fe en él para que pudiesen ser fortalecidos para la prueba venidera. Preguntó: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?".

Con tristeza, los discípulos se vieron obligados a confesar que Israel no había sabido reconocer a su Mesías. En verdad, al ver sus milagros, algunos le habían declarado Hijo de David. Las multitudes que habían sido alimentadas en Betsaida habían deseado proclamarle rey de Israel. Muchos estaban listos para aceptarle como profeta; pero no creían que fuese el Mesías.
Jesús hizo entonces una segunda pregunta ...

1.01. A la región de Cesarea de Filipo

ελθων δε ο ιησους εις τα μερη καισαρειας της φιλιππου ηρωτα τους μαθητας αυτου λεγων τινα λεγουσιν οι ανθρωποι ειναι τον υιον του ανθρωπου
Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los     hombres que es el Hijo del Hombre?


οι δε ειπαν οι μεν ιωαννην τον βαπτιστην αλλοι δε ηλιαν ετεροι δε ιερεμιαν η ενα των προφητων
Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.


λεγει αυτοις υμεις δε τινα με λεγετε ειναι
El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?



αποκριθεις δε σιμων πετρος ειπεν συ ει ο χριστος ο υιος του θεου του ζωντος

Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.



αποκριθεις δε ο ιησους ειπεν αυτω μακαριος ει σιμων βαριωνα οτι σαρξ και αιμα ουκ απεκαλυψεν σοι αλλ ο πατηρ μου ο εν τοις ουρανοις
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.




  Mateo 16:13-17